Trabajos sabatinos

Llevo buena parte de la tarde intentando introducir mejoras en mi blog, pero no creo haber conseguido muchos avances. Lo mío es, claramente, escribir y se me da mal el código HTML y otras siglas como XML, RSS. También he estado navegando por la blogosfera (todo es por influencia del debate sobre blogs corporativos al que asistí el jueves, y que comento en Bloggers) y me he dado cuenta de que hay cientos de blogs que son solitarios ejercicios de registro (hoy fui a ver esa exposición, ayer estuve en aquel concierto, esta tarde he leído…) que no parecen despertar la atención de nadie, a la vista de los escasos comentarios que generan. ¿Será que, a pesar de todo este ruido en la red, seguimos estando solos?



Me marcho a la Nova Jazz Cava a ver y escuchar a Al Foster con el grupo de M.A.Chastang. La cosa promete y, además, me lo he ganado, porque esta semana he terminado mi mitad de un libro sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Ha sido interesante el reto de poner a pie de calle unos cuantos sesudos estudios e informes técnicos sobre la igualdad entre sexos, la mortalidad materna, el impacto del sida o la deuda externa. Interesante y terrible darse de nuevo de bruces contra las abultadas cifras de la pobreza; interesante y esperanzador ver que, a pesar de todo, se ha avanzado en algunos terrenos. Escribiendo el libro mi opinión sobre los ODM ha mejorado, porque el consenso que han logrado es imprescindible para convocar todas las voluntades políticas necesarias, aunque una vez más me he quedado con la sensación de que falta algo, algo que cae no en el terreno de la acción, sino en el ámbito de la ideología y los valores. Seguiré pensando en ello.

Bloggers

Ayer por la tarde me la pasé en un debate sobre Blogs Corporativos promovido por la Fundació Barcelona Digital y me permitió darme cuenta de cosas interesantes. Por ejemplo, que la filosofía de los blogs es completamente opuesta al espíritu de mi empresa (bien, es un decir, me refería a la empresa para la que trabajo, que no es para nada mía). El principio fundacional de los blogs es la conversación, el intercambio de ideas. Yo digo y, quizás, vosotros comentais; vosotros decís y yo leo y, si me parece interesante, o chocante, o impresentable, pues comento, o puntualizo, o me quejo; acciones todas ellas que se oponen frontalmente al secretismo y a la rigidez con los que muchos empresarios llevan sus negocios, sobre todo en el mundo de las PYME donde ahora me muevo.

El blog corporativo no puede ser un trabajo del Departamento de Comunicación, una edición en tono simpático de la web de la empresa, y a muchos empresarios les da miedo la libertad de opinión de sus trabajadores (¿será que no confían mucho en que el trato que les dan genere simpatías?). Esas son cosas que se dijeron ayer, como se comenta hoy en muchas páginas de la blogosfera. Las puedes seguir visitando las bitácoras de los ponentes (Enrique Dans, Fabián Gradolph, Claudio Bravo y Hugo Prado) que citan a quienes les citan que son, me imagino por los detalles que dan, algunos de los que tenía sentados alrededor. Y, claro, no puedo por menos que preguntarme si, al final, este no es un sistema terriblemente endogámico en el que grupos relativamente homogéneos se leen entre ellos y repiten, lanzándose posts y respuestas de uno a otro (u otra, aunque se ven pocas, dicho sea de paso), las mismas ideas. O quizás no, si como dijo ayer Enrique Dans, puedes llegar a conocer bien a uno de tus interlocutores habituales, aunque tus encuentros físicos sean más que escasos.

Me pregunto qué hubiera dicho el bueno de Bajtin en estos nuestros tiempos, él para quien cada discurso (él hablaba de libros) era un eslabón de la larga cadena de diálogos que iniciamos en lo profundo de la historia. A saber.

Violencia

Decía el otro día que los humanos somos gente rara, porque nos sentimos irremediablemente atraídos por la violencia. Y no sólo como espectadores que subliman sobre un cuadrilátero, o en un campo de fútbol, o en la pantalla de un televisor unes deseos que no siempre somos capaces de confesar. Nos sentimos atraídos a ejercer la violencia y, lo que es más extraño, nos sentimos atraídos a someternos a ella.

Y no estoy hablando aquí de “víctimas culpables”. Nadie merece ser golpeado porque no sepa (o no pueda) separarse de su verdugo. No, hablo de quienes se sienten atraídos por el dolor, por el perverso placer del dolor.

Resulta difícil entender cómo funcina ese mecanismo mental que nos convierte en masoquistas, pero cuando uno repasa los valores de nuestra cultura se da cuenta de que hay pequeñas “píldoras” de dolor insertas en nuestra formación. El resto de los mamíferos nacen de pie, pero nosotros nos arrastramos y aprendemos a caminar a fuerza de golpes, contra el suelo, contra las paredes. El dolor es, para casi todo, la frontera de nuestro aprendizaje: corremos hasta que nos ahogamos, acercamos la mano al fuego hasta que nos quemamos, confiamos en las personas hasta que nos hieren. ¿Pero que pasa si vamos más allá? Si aguantamos la mano sobre la llama, o seguimos corriendo hasta caer agotados. Nuestra cultura nos llama ‘valientes’, a veces ‘héroes’, siempre y cuando, eso sí, ese dolor tenga un sentido. Como en Maratón, el sacrificio debe valer, al menos, una batalla. Sin embargo, una vez traspasado el límite, no siempre tenemos una épica que venga a rescatarnos.

Cuando se traspasan los límites del propio cuerpo, la diferencia entre el masoquismo y la heroicidad sólo subyace en la intención, en el sentido; eso es, en el lenguaje, justo aquella capacidad humana que nos permite trascender las limitaciones de nuestro propio cuerpo. ¿Quién soy yo, sentada al otro extremo de la línea que dibuja las letras de estas palabras? ¿Un cuerpo transgredido, una voz incorpórea? La idea de la transgresión de los límites del cuerpo me hace pensar, en mi propio debate interno, sobre el arte contemporáneo. No, no hablo sólo o especialmente de body art, que también, sino de unas imágenes y unos objetos que sólo son arte por la intención de quien se dice artista y los sitúa en medio de un espacio que deviene artístico porque se constituye con la voluntad de serlo.

Si el arte románico y el gótico fueron el arte de la narración, si el Renacimiento fue el arte de la belleza (y el Barroco el de la belleza convulsa y hastiada de sí misma), si el Clasicismo y el Romanticismo fueron el arte de la huída y el sueño, si Impresionismo, Cubismo, Expresionismo… fueron el arte de los espejos rotos, de un ser humano que se mira a sí mismo y a su obra y es ya incapaz de verla de una pieza, se le descompone en colores y formas y no para de preguntarse cómo llegó hasta aquí… desde hace ya algunos años (abstracción, land art, performances, conceptual, povera…) vivimos inmersos en el arte de las intenciones. Nada ‘es’ por si mismo, sino por lo que el autor (con frecuencia, simple coleccionista de objetos) quiso que fuera. En cierto modo, hemos vuelto al Románico, pero ahora es mucho más difícil saber cuál es la historia compartida que nos están explicando.

La globalización ha roto la linealidad, todo es simultáneo, ya no hay un antes y un después. Las máscaras africanas ya no son un rastro del ancestro cuyas formas nos permiten explorar nuestro futuro reflexionando sobre nuestro pasado común de formas puras e intenciones simples (comer, amar, reproducirse): ahora las máscaras son souvenirs, tan triviales como los neones de nuestras calles ahitas de hamburguesas grasientas y aburrimiento. Ya no hay épica. Sólo nos queda el masoquismo.

Gente rara

Se mire como se mire, los humanos somos gente rara. La idea me ha venido a la cabeza ojeando el periódico, cuando he ‘sobrevolado’ una crónica taurina (nunca las leo; igual que sucede con la crónicas musicales, la narración de lo que pasó en un ruedo o sobre un escenario por lo general me aburre). A la vista del titular, he recordado el ‘desgarro’ de algunos columnistas de ese mismo medio ante la lidia y, a la vez, el sorprendente descubrimiento que hice recientemente de que el libro de estilo de ese diario rechaza explícitamente la inclusión de crónicas pugilísticas, pues sus directivos abominan del boxeo.

¿Qué queréis que os diga? No creo que me gustara demasiado sentarme en primera fila, con un vestido de noche rojo y un visón —como en las películas de gángsters de los años cincuenta—, a esperar que me salpicara la sangre, pero confieso que uno de los libros que me ha fascinado a lo largo de mi vida es Del boxeo, de Joyce Carol Oates, sobre el que escribí un largo artículo que, al parecer, no habría podido publicar en El País.

Me gusta ese libro —que editó Tusquets en 1990— porque rompe con la imagen de una ceremonia cruel donde unos estúpidos son torturados —o torturan— a golpes hasta la muerte y revela su carácter de lucha “voluntaria” contra la limitaciones físicas del cuerpo. Me gusta porque camina sobre el filo cortante de una ceremonia que puede producir al mismo tiempo atracción y repugnancia, sin justificar nada, sin exorcizar nada, sin embriagarse con el olor de sudor, sin emborracharse de malsano puritanismo. Ella no niega que puede haber habido bobos arrastrados al cuadrilátero por un negocio insano; ni siquiera niega el horror mismo del espectáculo que supone ver a dos hombres pegándose hasta sangrar y herirse, a veces pegándose hasta la muerte.

La escritora simplemente explora por qué miles de personas se sienten atraídas por esa “violación del tabú” que es el boxeo, la violación del tabú de la violencia, del “no matarás”. Para Oates el boxeo se asemeja a la pornografía, convierte a sus espectadores en voyeurs, en mirones de un acto íntimo, que no debería estar sucediendo allí, ante sus ojos. Pero también explora las razones que llevan a un hombre hasta esa ceremonia de exaltacion del cuerpo, de exploración definitiva y absoluta de sus límites.

Los humanos somos gente rara. Nos pegamos hasta la extenuación, nos torturamos a nosotros mismos hasta la extenuación, a veces incluso amamos hasta la extenuación.

De fetilleres i fantasmes

Quan fa uns anys vaig passar unes setmanes estudiant anglès a Oxford, la meva dispesera (una jove ioguslava casada amb un anglès) m’explicava que al Regne Unit tothom creu en la màgia, ho reconeguin o no, i que a totes les cases hi ha un fantasma. Potser per això tenen tant d’èxit les aventures de Harry Potter (a la resta del món també, però això no fa al cas ara).



Tanmateix, el que m’ha fet recordar aquella sentència no ha estat pas la J.K.Rowling, sinó l’abundància de sèries de TV protagonitzades per aquest encreuament entre fetilleres i assistens socials que són les vidents que parlen amb morts (que només veuen elles i, naturalment, els telespectadors) i es dediquen a tancar “casos oberts”, ja siguin els d’ànimes en pena que no s’han decidit a donar el pas definitiu cap a la llum blanca o, com la d’avui, que s’alien amb la policía per descobrir pedòfils o amb el fiscal per a esbrinar quins candidats a membres d’un jurat poden fer-lo més procliu a dictar una sentència de mort.



Aquest darrer “acudit” m’ha donat basques. La propaganda pro pena capital d’aquesta darrera sèrie de la Quatro és tan brutal i maniquea que posa la pell de gallina, i costa de saber si el que hi ha darrera de la producció és convicció “neocon” o pur oportunisme comercial (que, posats a triar, no sé què és pitjor).



Jo que havia començat a creure que, tret de Voldemort i els seus fidels, tota la màgia era bona i a fi de bé, i vet aquí que em trobo de cara amb aquest personatge de mare de família ianqui amb dots telepàtics i de medium espiritista (casa amb jardí, nens rossos, i monovolum a la porta), assedegada per fer el bé, que es dedica a buscar arguments no per fer justícia davant d’un crim, sinó perquè aquest crim rebi la pena màxima. Edificant, oi?



Potser l’esperit màgic anglosaxó es va marejar travessant l’Atlàntic o potser l’ha pervertit aquest puritanisme rampant dels que manen als EUA i que tan malament s’adiu amb l’esperit irreverent i juganer dels fantasmes.