Comiat

Comiat

M’han dit avui que el nostre Whisky se n’ha anat per sempre, a galopar lliure per les prades infinites dels somnis. M’he posat molt trista, perquè tot i que ja feia uns anys que no vivia amb nosaltres, seguia sent una mica el nostre cavall. Era amable i afectuós, un cavall humil i treballador com pocs, que va aprendre molt i ens va fer aprendre molt, concentrat i disciplinat en la competició, on va fer un paper molt per sobre del que haguéssim esperat d’entrada, fins que una lesió ens va fer retirar-lo de la vida esportiva.

Llavors, va trobar una nova llar a Arre Cavalls, l’associació creada per Eva Farran per a la recuperació i rehabilitació de cavalls, de vegades rescatats de situacions de maltracte i, d’altres, vivint un retir tranquil després d’una vida activa.

Em sap greu no haver pogut ser a prop del Whisky per dir-li adéu per darrer cop. He buscat, entre els centenars de fotografies que li vam fer, algunes que em porten molts bons records: el dia que va arribar a nosaltres, rebent premis en competició, treballant amb l’Alícia, treballant amb mi, de cercavila o rebolcant-se a la pista. Les comparteixo amb vosaltres, per fer que es quedi per aquí una mica més, abans de desaparèixer, crineres al vent, per l’horitzó.

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Doblarse o romperse

En la novela de Amín Maalouf, León el Africano, la madre del protagonista le relata la muerte de su padre diciéndole que, ante las adversidades, “las mujeres se doblan y los hombres se quiebran”. Puede que sí, que, en general, nosotras tendamos a adaptarnos mejor a las situaciones difíciles, porque el instinto de supervivencia de la prole nos ha dotado de algo más de sentido práctico y porque una historia de secular marginación nos ha preparado para tragarnos el orgullo cuando hace falta. Pero las mujeres también se rompen, ya lo creo que sí. Se rompen en mil pedazos por dentro, aunque luego sepan rehacer su vida como un mosaico hecho de fragmentos informes de pasado, de sueños, de experiencias. A veces.

Me ha impresionado —quizás porque acababa de parir el pensamiento que me ha sugerido la frase de la madre de León el Africano— la noticia del suicidio de una mujer joven, de 42 años, después de haber matado a sus hijas, de 4 y 9 años. ¡Cuánto dolor tiene que sentirse para no poder dar un día más de vida a tus propios hijos! ¡Qué vacía debe estar la propia alma para no poder encontrar un calor reconfortante en el abrazo de esos pequeños brazos y sentirlos, en cambio, como una soga que jala de ti hacia abajo, abajo…!

Confieso que alguna vez he sentido el vértigo del desánimo cuando al sonar el despertador, a las siete de la mañana, he visto ante mí una jornada ya agotadora sólo en su arranque, y esa especie de vacío en el estómago que te produce pensar que esa no es tu vida, que nunca pensaste que tu cotidianidad sería esa soledad preñada de responsabilidades. (Probablemente, todavía no he sabido componer un mosaico con los trozos rotos de mi vida.) Sin embargo, lo que me mantiene atada y condiciona todos mis pasos y decisiones, la fuente de mis miedos y mis angustias, mis hijos, son al mismo tiempo mi ancla de cordura. ¿Cómo podría, ni siquiera en sueños, hacerles daño?

Me gustaría tener el talento necesario para meterme en la piel de esa mujer desesperada y entenderla. Imagino la angustiosa sensación de estar rodando abajo por una empinada pendiente, o quizás la infantil ensoñación de que más allá del profundo sueño de una muerte dulce las tres podrían volver a reunirse con el hombre muerto… la fe haciendo verosímil un sueño…

He pensado mucho en la mujeres fuertes, esas que se levantan una y otra vez —por deber y empeño más que por valentía— cada vez que la vida las golpea, pero siento una ineludible fascinación por las mujeres débiles, aquellas que se rompen con el dolor como frágiles muñecas de porcelana, almas de cristal que estallan bajo presión e, incapaces de reconstruirse, se arrojan al fuego con todo lo que aman.

Violencia

Decía el otro día que los humanos somos gente rara, porque nos sentimos irremediablemente atraídos por la violencia. Y no sólo como espectadores que subliman sobre un cuadrilátero, o en un campo de fútbol, o en la pantalla de un televisor unes deseos que no siempre somos capaces de confesar. Nos sentimos atraídos a ejercer la violencia y, lo que es más extraño, nos sentimos atraídos a someternos a ella.

Y no estoy hablando aquí de “víctimas culpables”. Nadie merece ser golpeado porque no sepa (o no pueda) separarse de su verdugo. No, hablo de quienes se sienten atraídos por el dolor, por el perverso placer del dolor.

Resulta difícil entender cómo funcina ese mecanismo mental que nos convierte en masoquistas, pero cuando uno repasa los valores de nuestra cultura se da cuenta de que hay pequeñas “píldoras” de dolor insertas en nuestra formación. El resto de los mamíferos nacen de pie, pero nosotros nos arrastramos y aprendemos a caminar a fuerza de golpes, contra el suelo, contra las paredes. El dolor es, para casi todo, la frontera de nuestro aprendizaje: corremos hasta que nos ahogamos, acercamos la mano al fuego hasta que nos quemamos, confiamos en las personas hasta que nos hieren. ¿Pero que pasa si vamos más allá? Si aguantamos la mano sobre la llama, o seguimos corriendo hasta caer agotados. Nuestra cultura nos llama ‘valientes’, a veces ‘héroes’, siempre y cuando, eso sí, ese dolor tenga un sentido. Como en Maratón, el sacrificio debe valer, al menos, una batalla. Sin embargo, una vez traspasado el límite, no siempre tenemos una épica que venga a rescatarnos.

Cuando se traspasan los límites del propio cuerpo, la diferencia entre el masoquismo y la heroicidad sólo subyace en la intención, en el sentido; eso es, en el lenguaje, justo aquella capacidad humana que nos permite trascender las limitaciones de nuestro propio cuerpo. ¿Quién soy yo, sentada al otro extremo de la línea que dibuja las letras de estas palabras? ¿Un cuerpo transgredido, una voz incorpórea? La idea de la transgresión de los límites del cuerpo me hace pensar, en mi propio debate interno, sobre el arte contemporáneo. No, no hablo sólo o especialmente de body art, que también, sino de unas imágenes y unos objetos que sólo son arte por la intención de quien se dice artista y los sitúa en medio de un espacio que deviene artístico porque se constituye con la voluntad de serlo.

Si el arte románico y el gótico fueron el arte de la narración, si el Renacimiento fue el arte de la belleza (y el Barroco el de la belleza convulsa y hastiada de sí misma), si el Clasicismo y el Romanticismo fueron el arte de la huída y el sueño, si Impresionismo, Cubismo, Expresionismo… fueron el arte de los espejos rotos, de un ser humano que se mira a sí mismo y a su obra y es ya incapaz de verla de una pieza, se le descompone en colores y formas y no para de preguntarse cómo llegó hasta aquí… desde hace ya algunos años (abstracción, land art, performances, conceptual, povera…) vivimos inmersos en el arte de las intenciones. Nada ‘es’ por si mismo, sino por lo que el autor (con frecuencia, simple coleccionista de objetos) quiso que fuera. En cierto modo, hemos vuelto al Románico, pero ahora es mucho más difícil saber cuál es la historia compartida que nos están explicando.

La globalización ha roto la linealidad, todo es simultáneo, ya no hay un antes y un después. Las máscaras africanas ya no son un rastro del ancestro cuyas formas nos permiten explorar nuestro futuro reflexionando sobre nuestro pasado común de formas puras e intenciones simples (comer, amar, reproducirse): ahora las máscaras son souvenirs, tan triviales como los neones de nuestras calles ahitas de hamburguesas grasientas y aburrimiento. Ya no hay épica. Sólo nos queda el masoquismo.

Una luz difusa

Volaba sobre la cumbre del Illimani, allá en los Andes bolivianos, cuando, al abrir un periódico local (“Fondo Negro”, el suplemento cultural de La Prensa de Cochabamba), me encontré con una fotografía del blog de Arcadi Espada, laureado periodista y escritor de Barcelona y antiguo jefe mío, cuando mi nombre aún figuraba en la mancheta de un periódico. Tengo que confesar que sentí envidia (en nuestro irreprimible impulso de periodistas-escritores-escribidores hay, reconozcámoslo, una igualmente irreprimible voluntad de posteridad) y recordé esta página abandonada en el insondable universo de la red.

Volvía decidida a dedicarle un tiempo justo a estos escritos (el de esos fogonazos de clarividencia que a veces me asaltan al anochecer), pero hete aquí que la enfermedad me atrapó desprevenida y me arrojó, cual deshecho intelectual y físico, en la cama de un hospital por más de diez días. El dolor. El dolor físico es una araña. La bestia te va envolviendo poco a poco, hilo a hilo, hasta dejarte totalmente paralizado. No sabes cuán grave es, ni sabes cuánto va a durar, pero sabes con toda certeza que no hay nada más, que todo tu cuerpo y todo tu cerebro están ocupados en la dura tarea de resistirlo. Cuando traspasas ese límite, el dolor ya no es “me duele…” eso o aquello, no tiene lugar, está en todas partes, porque es como un líquido espeso que te ha inundado la mente, te nubla la vista, te enreda las palabras y el pensamiento.

Allí, tumbada en la camilla de urgencias, me dio por pensar que sería incapaz de soportar la tortura. Que el dolor podía derrotarme más allá de mis más hondas convicciones, más allá de dioses, filias y sueños. Pero debía ser la fiebre. Al despertar, tras la primera noche, también pensé en la muerte, con el absurdo sentimiento de que me quedaba mucho por hacer y que quizás ya no tuviera tiempo. Añoranzas de cuerpos terrenales y celestes. La culpa y el deseo, todo mezclado. Pero, con seguridad, era aún la fiebre. Y me dediqué a leer, por ver si las palabras podían hacer por mi cerebro lo que los antibióticos hacían con mis pulmones: acabar con las bacterias de clase desconocida y efectos imprevisibles. Pero leer es simpre más una infección que un remedio.

Releí viejos conocidos y extraños cuentos de Hawthorne en curiosas traducciones al catalán de principios del siglo XX (una lengua que, sonando prácticamente igual que ahora, se escribía de un modo totalmente distinto). Encerrada en un hospital, todo mi cuerpo plegado a los efectos de la docena de píldoras con que desayunaba, almorzaba y cenaba, me reía del miedo a la ciencia y al cientifismo que tenía la sociedad decimonónica para la que escribió el autor norteamericano. Sus químicos son alquimistas (“La hija de Rapaccinni”, “La mancha de nacimiento”), capaces de “pervertir” el recto proceder de la Naturaleza con sus experimentos; sus sabios (“La gran Cara de Piedra”) son hombres que jamás se han “instruido” en escuelas y universidades y que extraen toda su extraordinaria sabiduría de la observación y de una vida armónica con el entorno, rural por supuesto; sus artistas (“Los retratos proféticos”) tienen tal capacidad de ahondar en la personalidad de sus modelos que son capaces de pintar sus terrores futuros. Quizás lo único válido aún sea la idea del amor como un veneno (“La hija de Rapaccinni”), al que uno se va acostumbrando poco a poco, en pequeñas dosis, hasta que llega el día en que la mano amiga que nos da el antídoto (¿la verdad? ¿alguna certeza?) se convierte en nuestra asesina. Una bella parábola llena de perfumes seductores y ponzoñosos.

Y también leí a Conrad, a France, a Rosales, a Carpentier, a Hemingway, a Lessing… libros sobre el islam y sobre periodismo… (¡Tres semanas de reposo dan mucho de si!). Pero entre todos me quedo con El espejo del mar, de Joseph Conrad. Posiblemente porque más que descubrirnos “el alma de las cosas”, como le pide Milan Kundera (El telón) a toda buena novela, en este libro Conrad escribe sobre el alma de las cosas. Sus barcos están vivos, los vientos son poderosos señores a los que parece haber tratado personalmente y sus hombres son grandiosos en sus miserias y profundamente humanos en sus siempre ambiguas heroicidades. Pero, sobre todo, Conrad usa cada palabra para decir justamente algo que otras palabras distintas no podrían expresar. Las cosas tienen un nombre concreto y preciso, un nombre que les da identidad y las dignifica. Una dignidad que radica en esa vida propia que les da su nombre. Un palo es cualquier palo, pero el palo de mesana tiene un sitio concreto en el universo, tiene sentido, porque detrás de su nombre está toda la técnica que nos lleva desde las balsas de troncos atados precariamente hasta los grandes veleros con toda su arboladura tendida al viento. Detrás de ese nombre están Ulises y el capitán Cook, el capitán Ahab y John Silver, Cristóbal Colón y Magallanes. Todas las cosas tienen su nombre justo, una palabra que nos dice cómo son ellas y cómo las vemos, cómo es quien las mira y les habla. Nombrarlas es entrar en contacto con ellas, y por eso hay que tener mucho cuidado, no fuéramos a convertirlas en lo que no son e iniciar con ellas un diálogo fallido desde el principio.

Me irrita, lo confieso, cuando veo “pervertir” el sentido de las palabras. Ayer, por ejemplo, vi en la televisión llamar “kale borroka” a los desmanes y destrozos callejeros organizados por un heterogéneo grupo de gamberros en las fiestas de Gracia de Barcelona. Al periodista le debió parecer gracioso o quizás más exactamente gráfico. Eso es, la grafía de los hechos es parecida; al fin y al cabo, un contenedor ardiendo y un semáforo arrancado y usado como ariete contra un escaparate producen imágenes similares sobre la plantalla, sea cual sea la causa de fondo. Pero al periodista debería importarle un poco más si esas son las palabras que le permiten “dialogar” con los hechos y entenderlos. ¿Porque su intención es entenderlos, no? Debería serlo. Entenderlos y explicarlos, y hacerlo con las palabras justas, porque las realidades demasiado planas, aquellas que pueden explicarse con sólo tres palabras (“yo lo he visto”, “¡uy, qué grande!” “¿ya me toca?”) son rematadamente aburridas. En el hospital, el vecino de cama de mi padre cambió de canal. Yo, esta mañana, he pasado de largo el artículo editorial que llamaba “talibanes” a los gamberros. Me lo pedía la dignidad de las mujeres que fueron lapidadas por ese bárbaro régimen, de los que fueron ejecutados o encarcelados por no querer llevar barba o por pensar distinto. Todo el mobiliario urbano de Barcelona no vale la trivialización de tanta sangre derramada.