Vacances!!!

He començat les vacances i tinc la sensació que començo a deixar-me anar després d’haver passat uns mesos vivint quasi sense aire, com quan camines molt de pressa durant una estona massa llarga i acabes tenint la sensació que et costa respirar.

Amagats entre els plecs del blog i les llibretes trobo esborranys d’entrades que no vaig poder acabar, perquè m’adormia literalment davant de la pantalla en les hores petites de la matinada, o pensaments atrapats a corre-cuita en un trajecte de tren o fent un cafè ràpid abans de tornar al despatx. Se m’han quedat al tinter pensaments sobre l’ànima escindida dels socialistes catalans, sobre l’expropiació de Repsol a l’Argentina, sobre l’increment de les malalties autoimmunes (que jo veig com una metàfora de l’esperit d’autodestrucció que nia en una societat que produeix assassins com el James Holmes d’Augusta), sobre les ciutats convertides en grans escenografies per als desitjos de milions de turistes, sobre la mancança de líders que tants denuncien i que està relacionada amb la manca de referents morals, però també amb la falta de models de gestió del poder viables en el món modern…

També he pensat en una entrada sobre la lluna plena, on m’agrada pensar que estan escrits els secrets del nostre futur i moltes sobre la naturalesa i la qualitat de l’amor.

Me’n vaig a dormir amb la convicció feliç que escriuré totes aquestes i d’altres entrades en les properes setmanes. Contenta també per la participació ahir dijous en el Matí de Catalunya Ràdio (http://www.catradio.cat/reproductor/656018/Made-in-Catalonia) per explicar com són les empreses biotecnològiques catalanes; contenta perquè és una mostra del que he après durant els darrers tres anys, però també un petit indici dels reptes que tenim davant, i no hi ha res més apassionant que treballar en una feina que et planteja reptes.

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Blog renovat

He aprofitat la Setmana Santa per rentar-li la cara al blog. Com diu l’Enrique Dans en el seus 7 consells per al teu blog publicats no fa gaires dies a Esquire, un blog és com la teva casa, i no tens pas la casa bruta. En realitat la seva matèfora es refereix a la moderació de comentaris, que ell defensa, però tant se val. M’havia cansat una mica del vell format i he optat per un disseny més net i llegible. Ara ja només em falta saber si tinc ben definit el meu pròposit de presència a la xarxa (bé, sempre he dit que el meu somni com a periodista era tenir una columna, així que crec que aquest deu ser el meu propòsit: tenir una columna, per compartir les meves reflexions sobre les coses que m’interessen, malgrat no tenir mitjà i, per tant, no tenir gaire clar si tinc una audiència) i posar-hi la regularitat que el Dans considera clau. És a dir, anar-hi anant.

¿Público o privado?

Me he entretenido un buen rato leyendo el debate que ha generado en su blog Enrique Dans con su anuncio de que va a borrar todos los comentarios que no respeten unas mínimas normas de convivencia, es decir todos aquellos que él considere que son insultos o descalificaciones gratuitas. A raiz de esta decisión, algunos han hablado de censura y se han mostrado francamente molestos, lo que han expresado con comentarios poco halagueños sobre el contenido del blog y los méritos de quien lo publica (iba a decir “su dueño”, pero sobre eso hay dudas razonables). Otros han abierto interrogantes para mí mucho más interesantes, como por ejemplo si un blog es un “espacio público” y, en consecuencia, que no debe/puede ser regulado por su creador, o si es un “espacio privado” de uno o varios autores que lo gestionan como quieren, y que pueden borrar aquellos comentarios que no les parezcan oportunos.

Como periodista, estas polémicas me parece que no están alejadas de los debates sobre ética y deontología de la información que la profesión se ha planteado (para bien) a lo largo de su historia. Tomemos un caso reciente: la publicación de una esquela-recordatorio de la muerte del dictador Francisco Franco en varios periódicos españoles, para mí, todo un insulto a las víctimas de un régimen fascista y represor cuya dignidad (la de las víctimas) aún no ha sido restituida en la forma adecuada y propia de un Estado de derecho. ¿Deberían los lectores ofendidos haber colapsado los buzones físicos y electrónicos de esos medios con insultos a la altura de esa esquela-anuncio? ¿Deberían haber publicado los editores de esos periódicos tales misivas, de haberlas recibido, en aras de la libertad de expresión?

Tengo que decir, ante todo, que la reacción que las esquelas provocaron entre columnistas y comentadores profesionales me parecieron flojas y descafeinadas. Pero no creo, sinceramente, que la respuesta adecuada fuera una descalificación insultante de los directores de El Mundo o ABC (o del Diari de Terrassa, que en mi ciudad también sufrimos esa vergonzosa publicación). En cualquier caso, los editores siempre se han reservado el derecho de seleccionar las Cartas al director que reciben y, aunque estoy de acuerdo con Enrique Dans que la web 2.0 y productos como los blogs abren una nueva era comunicativa marcada por la conversación y la bidireccionalidad (frente a la univocidad de los medios tradicionales), no veo, como él, porque deberían aceptarse las “salidas de tono”.

“Estás en una plaza pública y tienes que aguantar lo que te echen”, argumentan algunos, mientras Dans cuelga un “reservado el derecho de admisión” en la puerta de su salón. ¿No son, de hecho, los blogs más parecidos a los salones del XVIII, o a unos ateneos decimonónicos algo más interclasistas, que a las arengas de plaza pública donde grita el orador y responde a gritos la audiencia? O quizás los haya de todo tipo y en eso resida su encanto: blogs para reflexionar en voz alta (lo que quiere ser el mío), a sabiendas de que los lectores serán escasos y amigos; blogs donde el anfitrión nos muestra lo que sabe y quiénes son sus amigos y mentores (por ahí va el de Dans) y donde espera que las contribuciones, si no son lisonjas, sean afines a sus intereses; y blogs como mataderos, para destripar a todo hijo de vecino, desde los posts o desde los comentarios. En eso también tiene razón Dans, Internet es como la vida real: hay de todo (aunque yo añadiría además: ¡ya era hora!).

Cuando a principios de los 90 empecé a leer literatura relacionada con Internet, buena parte de los conceptos vinculados a la red procedían de la ciencia-ficción. Tanto si se conjugaban en positivo (ese mundo virtual fantástico en el que todos seríamos guapos y listos y donde el libre flujo de la información socavaría el poder de las grandes corporaciones) como en negativo (miedo al control, a la penetración total de la maquinaria del poder y del dinero en nuestras vidas y nuestros cerebros) esas imágenes eran igualmente pueriles y apocalípticas, pero sobre todo falsas, porque prescindían del factor humano. Basta preguntarse cuáles son las palancas que han permitido la popularización de Internet para entender que es el ser humano (sus filias y sus fobias) quien guía el desarrollo tecnológico. Buscadores, descargas de música, webs de contactos, blogs (conversaciones)… Nos sentimos perdidos con facilidad, somos bastante perezosos y no nos gusta estar solos… ¿Realmente somos tan diferentes gracias a Internet? Bueno, quizás pronto no sepamos como es una agencia de viajes o una librería por dentro porque sólo visitaremos regularmente su site; pero mientras sigamos viajando y leyendo, lo que cambia son los modelos de negocio, no las personas.

Volviendo al tema incial, Dans reivindica la aplicación en los blogs de unos mínimos principios de urbanidad (esto es, de las normas de convivencia de las que nos dotamos cuando nos volvimos urbanos y empezamos a apretujarnos en ciudades estrechas y masificadas). Nada que objetar. Creo que él es el primero en saber que se empobrecerá si confunde el insulto con la discrepancia y borra demasiado.

Trabajos sabatinos

Llevo buena parte de la tarde intentando introducir mejoras en mi blog, pero no creo haber conseguido muchos avances. Lo mío es, claramente, escribir y se me da mal el código HTML y otras siglas como XML, RSS. También he estado navegando por la blogosfera (todo es por influencia del debate sobre blogs corporativos al que asistí el jueves, y que comento en Bloggers) y me he dado cuenta de que hay cientos de blogs que son solitarios ejercicios de registro (hoy fui a ver esa exposición, ayer estuve en aquel concierto, esta tarde he leído…) que no parecen despertar la atención de nadie, a la vista de los escasos comentarios que generan. ¿Será que, a pesar de todo este ruido en la red, seguimos estando solos?



Me marcho a la Nova Jazz Cava a ver y escuchar a Al Foster con el grupo de M.A.Chastang. La cosa promete y, además, me lo he ganado, porque esta semana he terminado mi mitad de un libro sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Ha sido interesante el reto de poner a pie de calle unos cuantos sesudos estudios e informes técnicos sobre la igualdad entre sexos, la mortalidad materna, el impacto del sida o la deuda externa. Interesante y terrible darse de nuevo de bruces contra las abultadas cifras de la pobreza; interesante y esperanzador ver que, a pesar de todo, se ha avanzado en algunos terrenos. Escribiendo el libro mi opinión sobre los ODM ha mejorado, porque el consenso que han logrado es imprescindible para convocar todas las voluntades políticas necesarias, aunque una vez más me he quedado con la sensación de que falta algo, algo que cae no en el terreno de la acción, sino en el ámbito de la ideología y los valores. Seguiré pensando en ello.

Bloggers

Ayer por la tarde me la pasé en un debate sobre Blogs Corporativos promovido por la Fundació Barcelona Digital y me permitió darme cuenta de cosas interesantes. Por ejemplo, que la filosofía de los blogs es completamente opuesta al espíritu de mi empresa (bien, es un decir, me refería a la empresa para la que trabajo, que no es para nada mía). El principio fundacional de los blogs es la conversación, el intercambio de ideas. Yo digo y, quizás, vosotros comentais; vosotros decís y yo leo y, si me parece interesante, o chocante, o impresentable, pues comento, o puntualizo, o me quejo; acciones todas ellas que se oponen frontalmente al secretismo y a la rigidez con los que muchos empresarios llevan sus negocios, sobre todo en el mundo de las PYME donde ahora me muevo.

El blog corporativo no puede ser un trabajo del Departamento de Comunicación, una edición en tono simpático de la web de la empresa, y a muchos empresarios les da miedo la libertad de opinión de sus trabajadores (¿será que no confían mucho en que el trato que les dan genere simpatías?). Esas son cosas que se dijeron ayer, como se comenta hoy en muchas páginas de la blogosfera. Las puedes seguir visitando las bitácoras de los ponentes (Enrique Dans, Fabián Gradolph, Claudio Bravo y Hugo Prado) que citan a quienes les citan que son, me imagino por los detalles que dan, algunos de los que tenía sentados alrededor. Y, claro, no puedo por menos que preguntarme si, al final, este no es un sistema terriblemente endogámico en el que grupos relativamente homogéneos se leen entre ellos y repiten, lanzándose posts y respuestas de uno a otro (u otra, aunque se ven pocas, dicho sea de paso), las mismas ideas. O quizás no, si como dijo ayer Enrique Dans, puedes llegar a conocer bien a uno de tus interlocutores habituales, aunque tus encuentros físicos sean más que escasos.

Me pregunto qué hubiera dicho el bueno de Bajtin en estos nuestros tiempos, él para quien cada discurso (él hablaba de libros) era un eslabón de la larga cadena de diálogos que iniciamos en lo profundo de la historia. A saber.

Una luz difusa

Volaba sobre la cumbre del Illimani, allá en los Andes bolivianos, cuando, al abrir un periódico local (“Fondo Negro”, el suplemento cultural de La Prensa de Cochabamba), me encontré con una fotografía del blog de Arcadi Espada, laureado periodista y escritor de Barcelona y antiguo jefe mío, cuando mi nombre aún figuraba en la mancheta de un periódico. Tengo que confesar que sentí envidia (en nuestro irreprimible impulso de periodistas-escritores-escribidores hay, reconozcámoslo, una igualmente irreprimible voluntad de posteridad) y recordé esta página abandonada en el insondable universo de la red.

Volvía decidida a dedicarle un tiempo justo a estos escritos (el de esos fogonazos de clarividencia que a veces me asaltan al anochecer), pero hete aquí que la enfermedad me atrapó desprevenida y me arrojó, cual deshecho intelectual y físico, en la cama de un hospital por más de diez días. El dolor. El dolor físico es una araña. La bestia te va envolviendo poco a poco, hilo a hilo, hasta dejarte totalmente paralizado. No sabes cuán grave es, ni sabes cuánto va a durar, pero sabes con toda certeza que no hay nada más, que todo tu cuerpo y todo tu cerebro están ocupados en la dura tarea de resistirlo. Cuando traspasas ese límite, el dolor ya no es “me duele…” eso o aquello, no tiene lugar, está en todas partes, porque es como un líquido espeso que te ha inundado la mente, te nubla la vista, te enreda las palabras y el pensamiento.

Allí, tumbada en la camilla de urgencias, me dio por pensar que sería incapaz de soportar la tortura. Que el dolor podía derrotarme más allá de mis más hondas convicciones, más allá de dioses, filias y sueños. Pero debía ser la fiebre. Al despertar, tras la primera noche, también pensé en la muerte, con el absurdo sentimiento de que me quedaba mucho por hacer y que quizás ya no tuviera tiempo. Añoranzas de cuerpos terrenales y celestes. La culpa y el deseo, todo mezclado. Pero, con seguridad, era aún la fiebre. Y me dediqué a leer, por ver si las palabras podían hacer por mi cerebro lo que los antibióticos hacían con mis pulmones: acabar con las bacterias de clase desconocida y efectos imprevisibles. Pero leer es simpre más una infección que un remedio.

Releí viejos conocidos y extraños cuentos de Hawthorne en curiosas traducciones al catalán de principios del siglo XX (una lengua que, sonando prácticamente igual que ahora, se escribía de un modo totalmente distinto). Encerrada en un hospital, todo mi cuerpo plegado a los efectos de la docena de píldoras con que desayunaba, almorzaba y cenaba, me reía del miedo a la ciencia y al cientifismo que tenía la sociedad decimonónica para la que escribió el autor norteamericano. Sus químicos son alquimistas (“La hija de Rapaccinni”, “La mancha de nacimiento”), capaces de “pervertir” el recto proceder de la Naturaleza con sus experimentos; sus sabios (“La gran Cara de Piedra”) son hombres que jamás se han “instruido” en escuelas y universidades y que extraen toda su extraordinaria sabiduría de la observación y de una vida armónica con el entorno, rural por supuesto; sus artistas (“Los retratos proféticos”) tienen tal capacidad de ahondar en la personalidad de sus modelos que son capaces de pintar sus terrores futuros. Quizás lo único válido aún sea la idea del amor como un veneno (“La hija de Rapaccinni”), al que uno se va acostumbrando poco a poco, en pequeñas dosis, hasta que llega el día en que la mano amiga que nos da el antídoto (¿la verdad? ¿alguna certeza?) se convierte en nuestra asesina. Una bella parábola llena de perfumes seductores y ponzoñosos.

Y también leí a Conrad, a France, a Rosales, a Carpentier, a Hemingway, a Lessing… libros sobre el islam y sobre periodismo… (¡Tres semanas de reposo dan mucho de si!). Pero entre todos me quedo con El espejo del mar, de Joseph Conrad. Posiblemente porque más que descubrirnos “el alma de las cosas”, como le pide Milan Kundera (El telón) a toda buena novela, en este libro Conrad escribe sobre el alma de las cosas. Sus barcos están vivos, los vientos son poderosos señores a los que parece haber tratado personalmente y sus hombres son grandiosos en sus miserias y profundamente humanos en sus siempre ambiguas heroicidades. Pero, sobre todo, Conrad usa cada palabra para decir justamente algo que otras palabras distintas no podrían expresar. Las cosas tienen un nombre concreto y preciso, un nombre que les da identidad y las dignifica. Una dignidad que radica en esa vida propia que les da su nombre. Un palo es cualquier palo, pero el palo de mesana tiene un sitio concreto en el universo, tiene sentido, porque detrás de su nombre está toda la técnica que nos lleva desde las balsas de troncos atados precariamente hasta los grandes veleros con toda su arboladura tendida al viento. Detrás de ese nombre están Ulises y el capitán Cook, el capitán Ahab y John Silver, Cristóbal Colón y Magallanes. Todas las cosas tienen su nombre justo, una palabra que nos dice cómo son ellas y cómo las vemos, cómo es quien las mira y les habla. Nombrarlas es entrar en contacto con ellas, y por eso hay que tener mucho cuidado, no fuéramos a convertirlas en lo que no son e iniciar con ellas un diálogo fallido desde el principio.

Me irrita, lo confieso, cuando veo “pervertir” el sentido de las palabras. Ayer, por ejemplo, vi en la televisión llamar “kale borroka” a los desmanes y destrozos callejeros organizados por un heterogéneo grupo de gamberros en las fiestas de Gracia de Barcelona. Al periodista le debió parecer gracioso o quizás más exactamente gráfico. Eso es, la grafía de los hechos es parecida; al fin y al cabo, un contenedor ardiendo y un semáforo arrancado y usado como ariete contra un escaparate producen imágenes similares sobre la plantalla, sea cual sea la causa de fondo. Pero al periodista debería importarle un poco más si esas son las palabras que le permiten “dialogar” con los hechos y entenderlos. ¿Porque su intención es entenderlos, no? Debería serlo. Entenderlos y explicarlos, y hacerlo con las palabras justas, porque las realidades demasiado planas, aquellas que pueden explicarse con sólo tres palabras (“yo lo he visto”, “¡uy, qué grande!” “¿ya me toca?”) son rematadamente aburridas. En el hospital, el vecino de cama de mi padre cambió de canal. Yo, esta mañana, he pasado de largo el artículo editorial que llamaba “talibanes” a los gamberros. Me lo pedía la dignidad de las mujeres que fueron lapidadas por ese bárbaro régimen, de los que fueron ejecutados o encarcelados por no querer llevar barba o por pensar distinto. Todo el mobiliario urbano de Barcelona no vale la trivialización de tanta sangre derramada.

Siempre hay una primera vez

Y hoy es la mía como blogger. Me parece que estoy emprendiendo una aventura. Como si de pronto abriera una puerta para que corriera el aire por mi casa. Para ventilar el pensamiento y compartirlo con la gente.

El título lo explica casi todo. Escritos y escrits, porque esta bitácora es, como mínimo, bilingüe, como yo. (Im)prescindibles porque todo puede ser revisado y olvidado, pero no por ello es menos válido. El pensamiento y la palabra son fugaces, por eso escribimos. Aprendemos en cada nuevo paso, con cada nueva página revisamos todas las anteriores. La búsqueda de trascendencia oculta algo de fatuidad, pero es bueno anotar las preguntas que nos hacemos y las respuestas que nos damos en un momento concreto, para no dar vueltas permanentemente sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia trivialidad.

Hechas las presentaciones, dejo constancia de mi horror de hoy: la muerte en el Sudeste asiático —127.000 personas, quizás muchos miles más— y el silencio de las víctimas. Llevo muchos años metida en esto y sé cómo funciona, pero ese silencio me sigue aterrando. Ya sé que los muertos no hablan, pero tampoco son fáciles de oir las voces de quienes les lloran, salvo si son turistas blancos. Y, sin embargo, a las 48 horas del desastre se oía graznar a los buitres mediáticos desde los editoriales de la gran prensa internacional: “Es ayuda per también es imagen” graznaba el buitre del New York Times, recomendando a Bush que aprovechara la oportunidad de hacer frente, “con acciones y no con palabras, a la percepción que han creado sus primeros cuatro años de que para él sólo existen los Estados Unidos”. Desde luego, todo un ejemplo de compromiso ético con la víctimas, tanto de parte del consejero mediático como del gobierno tan sabiamente amonestado. Tampoco es que en Europa le vayan a la zaga e incluso se diría que los franceses son más crudos y directos: “Tanto ayudo, tanto cuento” le recordaba Le Figaro a su gobierno, advirtiéndole que la ayuda es también “un gesto diplomático, una afirmación política”.

Todo esto lo sé porque lo leí en El Periódoco de Catalunya (al César lo que es del César). Y no sé si me indigna más saber que los diplomáticos y los políticos hacen este tipo de valoraciones (que las hacen), como que los periodistas más “listos” se dediquen a aconsejarles sobre cómo sacar de la desgracia ajena buena “tajada política”. No es exactamente lo mismo reconocer públicamente que la bondad da buena imagen que decirle al mandatario de turno “si quieres tener buena imagen no la pifies en tus acciones bondadosas“. Si yo veo la diferencia, el editorialista del NYT también ¿no?