La sinceridad no abunda

Leo en el Diari de Terrassa una entrevista con mi amigo Juli Soler —copropietario con Ferran Adrià del restaurante El Bulli— y me sorprende su sinceridad, valor tan escaso en nuestros días, en los que hasta el propio medio donde se publica la crónica celebra [sólo] su 30 aniversario, haciendo tabla rasa con su pasado de diario franquista (con yugo y flechas en su cabecera incluidos).

Explica Juli sus experiencias de juventud con las drogas y habla sin ambagues de la importancia que tuvo el LSD en la evolución del rock & roll. Hoy, cuando muchas personas públicas parecen querer olvidar qué fueron y cómo fueron en su juventud, en tiempos donde quien más quien menos hace apostolado de correción política (excepto cuando se trata de soltar exabruptos contra el adversario político), me parece loable que alguien evoque sus orígenes sin avergonzarse de ellos. Trazamos nuestra trayectoria a base de pequeñas decisiones, que nos sitúan en uno o determinado camino, y nos hacen evolucionar, aunque, al final, lo que más cuenta, es nuestra voluntad.

La sinceridad mostrada por Juli en la entrevista de su ciudad natal —donde pocos recordamos ya al chico que vendía discos en Transformer o que los pinchaba en Cerebrum— es similar a la que evidencia en el artículo Un rocker en Montjoi, en el que narra (en la web y en el libro sobre el restaurante) su llegada a la dirección del restaurante entonces propiedad de Hans i Marketta Schilling. Otro hubiera construido una historia personal de intensa dedicación juvenil a su pasión por la gastronomía y bastos conocimientos que le habrían hecho alcanzar la dirección del restaurante; Juli —cuya pasión y saber gastronómico de entonces me constan— escribe, humildemente, que al llegar a El Bulli “mi experiencia en el arte del buen comer y beber, incluidos mis conocimientos del oficio, no estaban a la altura”.

Lo dicho, tal como está el patio, resulta admirable.

Anuncis

One thought on “La sinceridad no abunda

  1. Entrevista con Juan Carlos Usó, sociólogo e historiador antiprohibicionista En calidad de drogoaficionados y amigos del saber, sometimos a Juan Carlos Usó —todo un experto en la prohibición de fármacos placenteros— a un tercer grado en clave de toma y daca electrónico con la sana intención de saciar nuestra sed de conocimiento y, así de paso, disponer de material fresco y novedoso para ofrecerles a ustedes nuestros lectores. Juan Carlos Usó (Castellón, 1959), sociólogo, historiador y bibliotecario, colaborador de la revista Cáñamo y responsable de la web Mundo Antiprohibicionista, contestó gustoso y amablemente a nuestro extenso interrogatorio. Parco Pacatto: Hola Juan Carlos, dime, ¿por qué nos drogamos? No me refiero tan sólo a nosotros, sino a la especie humana en su conjunto.Juan Carlos Usó: Podríamos decir que, si estamos mal, para sentirnos bien. Y, si ya nos encontramos bien, para sentirnos mejor… y no estaríamos diciendo ningún disparate. En realidad, la fenomenología que propone Antonio Escohotado me parece la más acertada para responder a tu pregunta: nos acercamos a las drogas en busca de paz, de brío o de excursión psíquica. Enrique Cimiento: Los diferentes modos de vida definen el patrón de uso de las drogas. En sociedades de duras condiciones ambientales es un uso medicinal (nómadas que usan un aguardiente que hacen para quitarse el catarro), en otras ritual (el chamán que coloca a la tribu para ver el gran águila, el cura que da a beber la sangre de Cristo “de la risa”), en otras económico (el campesino Inca que mastica la coca para trabajar en las alturas, el obrero industrial que toma té y café para trabajar tantas horas, el alto ejecutivo que toma anfetas o cocaína para estar siempre “just in time”… ¿A qué modo de vida responde el consumo de drogas en la actualidad? Juan Carlos Usó: Bueno, no sólo nos drogamos los seres humanos… son muchos los animales estudiados que se procuran estados de ebriedad de distintas maneras: jirafas, elefantes, hormigas, gatos… En la especie humana el consumo de drogas tiene muchas implicaciones: terapéuticas, místico-religiosas, lúdicas, artísticas, filosóficas… y creo que la sociedad contemporánea se caracteriza porque en ella se dan todos esos usos de forma simultánea. Enrique Cimiento: ¿Que relación hay entre la introducción de algunas drogas en el consumo cotidiano de la población europea en el siglo XVIII y el cambio de era producido por la revolución industrial? Sin la introducción del té como producto asequible para la clase obrera inglesa no hubiera sido posible la revolución industrial basada en el trabajo asalariado de 12 horas diarias. O sin las anfetaminas, muchas amas de casa de las últimas décadas no podrían llevar a cabo su rol social en la familia nuclear, o sin Lexatin ni Prozac , dejaríamos todos de trabajar y nos iríamos a plantar huertas en el campo. Juan Carlos Usó: El psiquiatra Humphry Osmond (el mismo que dio mescalina a Aldous Huxley por primera vez) afirmó en relación con la LSD que “toda época produce aquello que requiere”, así que puede que no vayas del todo desencaminado en tu hipótesis. Pero más que en las propiedades estimulantes del té, era en los efectos del alcohol y del láudano donde la clase obrera inglesa buscaba lenitivo a las duras condiciones laborales durante la Revolución Industrial. Lo cierto es que la industria químico-famacéutica también se vio impulsada por aquella Revolución Industrial. De hecho, fue su impacto, junto con el descubrimiento de nuevos fármacos durante el s. XIX, el que permitió que a principios del s. XX ya se registrara un consumo en masa de psicofármacos. Algunas drogas que se consumían durante los años 20-30 han desaparecido prácticamente por completo, como el éter y el cloral, en cambio otras todavía se siguen tomando en la actualidad, como la cocaína y la heroína, aunque su reputación ha ido variando con el tiempo. La cocaína, por ejemplo, es una droga que durante los años 10-20 tuvo fama de mundana y cosmopolita; durante los años 30 adquirió fama de droga de prostibularia; luego su consumo descendió notablemente entre los años 40 y 60; volvió a recuperar cierto prestigio durante los 70 por ser considerarla una sustancia limpia, ideal para combinar con alcohol y no originadora de habituación; en los 80 se convirtió en símbolo de las personas con éxito social y de las que aspiraban a alcanzarlo; ya durante los 90 su empleo se popularizó o masificó tanto que ahora difícilmente puede conferir ningún estatus a sus consumidores. Creo que es difícil precisar porqué en un momento determinado una sustancia cobra cierto auge, o por el contrario cae en desuso, ya que normalmente suelen concurrir varios factores. Parco Pacatto: ¿Cuáles han sido las drogas más usadas en España a lo largo de la historia? Juan Carlos Usó: Todas las sustancias que hoy en día se conceptúan como “drogas de abuso”, y son objeto de la más severa prohibición, inicialmente fueron consideradas fármacos, es decir, medicinas. Es más, cuando fueron descubiertas, sustancias como la morfina (1803), la cocaína (1860) y la heroína (1898) fueron vistas como auténticos remedios milagrosos y muchos fabricantes anunciaban orgullosos que sus productos contenían coca u opio. En consecuencia, todas estas drogas se vendían en las farmacias o boticas. Concretamente, en el Estado español se vendieron libremente hasta 1918; después de ese año se pudo seguir accediendo a todas ellas mediante receta, hasta que la prohibición incondicional acabó con esa posibilidad. Sin duda, el opio y sus derivados han sido las drogas más empleadas con fines terapéuticos convencionales desde hace miles de años por la humanidad doliente. Cabe destacar, en este sentido, que el láudano (vino con opio) fue una medicina de “existencia mínima obligatoria” en todas las farmacias españolas hasta 1977. Don Nadie: ¿Por qué tenemos la sensación de que nuestros padres no se drogaban y que ahora se pone hasta el portero? Juan Carlos Usó: Porque la memoria colectiva de lo contemporáneo es extremadamente frágil. La percepción de que nuestros padres no se drogaban forma parte de una imagen idílica del franquismo que todavía persiste: la de una época de paz social. La idea que prevalece es que “con Franco no había drogas”… sin embargo, el consumo de alcohol y tabaco era promovido con absoluto descaro y el empleo de anfetaminas estaba muy extendido entre estudiantes, opositores, amas de casa, camioneros, taxistas y personas que se estimulaban para realizar tareas duras y tediosas. Además, el hábito de fumar cannabis estaba fuertemente arraigado entre muchos de los que habían vivido en la zona del Protectorado español en Marruecos (1912-1956), especialmente entre los que habían hecho allí el servicio militar. También había morfinómanos, más o menos tolerados e institucionalizados, muchos de ellos médicos, y usuarios de cocaína en determinados segmentos sociales a los que la guerra no había menoscabado bienes ni posición. En cualquier caso, de lo que no cabe ninguna duda es que nuestros abuelos no se cortaron ni un pelo durante los locos años 20. Sólo así se explica que en un país con índices de analfabetismo verdaderamente abrumadores la novela Los sueños de un morfinómano (1922), del sevillano José Mas, agotara tres ediciones en pocos meses o que “El tango de la cocaína”, con letra de Josep Amich y música de Joan Viladomat (el mismo que compuso “Fumando espero”), tuviera un gran éxito en 1926 y figurara durante años en el repertorio habitual de cupletistas de renombre, como Lolita Arellano y la popular Mary Santpere. Podemos decir que la evolución del consumo de drogas en España ha transcurrido paralela a la del resto de los países occidentales, si exceptuamos el período autárquico del régimen el franquista (1939-1965), en el que el aislamiento político y cultural, así como el atraso socioeconómico, en combinación con el ideario del nacionalcatolicismo triunfante, configuraron una eficaz barrera contra cierto tipo de sustancias y algunos hábitos de consumo, al tiempo que otras drogas y otros hábitos tomaron carta de naturaleza entre los españoles. Enrique Cimiento: La droga es un importante activo -directo e indirecto- de los mercados mundiales desde la revolución industrial ¿Qué relación existe entre algunos conflictos internacionales de la edad moderna (Guerras del Opio en China, colonialismo inglés en Afganistán), la droga y la implantación de un mercado mundial? Juan Carlos Usó: En realidad, las drogas no se diferencian gran cosa de cualquier otro producto de mercado, en el sentido de que también están sujetas a las leyes de la oferta y la demanda Y es cierto que han servido de excusa, justificación, pretexto… llámalo como quieras… para la penetración y aún el mantenimiento de potencias coloniales extranjeras en países del denominado Tercer Mundo. En este sentido, el papel desempeñado por el opio y sus derivados resultó fundamental para la presencia de intereses ingleses, franceses y estadounidenses en el sudeste de Asia. Pero, la economía de la droga va mucho más allá. Has citado el caso de Afganistán, cuyo papel como productor y abastecedor de opio ha sido aireado frecuentemente por los medios de comunicación durante los últimos años… siempre desde un punto de vista occidental. Sin embargo, su papel en la economía doméstica, o sea, desde el punto de vista afgano suele minimizarse o directamente ignorarse. Afganistán es un país destrozado por la guerra, carente de una infraestructura económica con garantías legales, sin bancos ni otras entidades financieras, donde no es posible adquirir bonos, ni letras del tesoro, ni fondos de inversión, ni planes de pensiones, etc. y en ese estado de cosas el opio para un afgano puede llegar a cumplir la función de unos simples ahorros… y todo eso con independencia de que fueran los años de influencia soviética, de dominación talibán o ahora mismo, después de la invasión de las fuerzas estadounidenses. Parco Pacatto: ¿Ha estado siempre la droga vinculada al delito? ¿Existe algún tipo de relación causa-efecto entre el consumo de drogas y el aumento de la violencia y la delincuencia juveniles? Juan Carlos Usó: Hay muchos estudios científicos y artículos de divulgación que han realizado aproximaciones a ese vínculo: unos concluyen que las drogas inducen a la comisión de delitos y otros lo contrario. Lógicamente, desde el momento en que estamos hablando de sustancias prohibidas existe un vínculo, una conexión por mínima que sea, entre su consumo y tráfico y la esfera criminal. Además, con las drogas prohibidas sucede que las diferencias entre el consumidor y el pequeño vendedor se desdibujan en la calle. ¿Cuántos consumidores habrá que hayan pasado medio gramito de coca o un par de pastillas de XTC a un amigo un día que hizo corto? Bueno, pues aunque no haya dinero de por medio ya existe un delito. Por lo demás, es difícil hacer generalizaciones. No soy farmacólogo pero parece evidente que sustancias como el alcohol, la cocaína y el speed pueden afectar sobre el nivel de agresividad o la predisposición a la violencia de una persona… sin embargo, no creo que del hachís, el éxtasis y la heroína pueda decirse lo mismo. Parco Pacatto: ¿Cuándo nace el denominado ‘problema de drogas’ y por qué? ¿Cuándo comienza ‘la prohibición’ en España? Juan Carlos Usó: Antes de que las autoridades gubernativas decretaran una política restrictiva, las drogas consideradas eufóricas —y por añadidura peligrosas— no comportaban ninguna problemática social. En realidad, el denominado ‘problema de drogas’ es ante todo un ‘problema mediático’, es decir, creado por los medios de comunicación. En este sentido, su origen en España podemos establecerlo entre 1917, cuando el diario republicano El Diluvio protagonizó una ruidosa campaña de prensa destapando el escandaloso tráfico y consumo de cocaína en Barcelona, y 1921, cuando el diario conservador Las Provincias , denunció en otra campaña —no menos ruidosa que la anterior— cómo se envenenaba la juventud valenciana con cocaína y morfina en los cabarets y music-halls. Las primeras medidas legislativas de control surgieron como respuesta a estas campañas de prensa: en 1918 el gobierno estableció la exigencia de receta médica obligatoria para acceder a dichas sustancias y a partir de 1928 pasó a prestar una especial consideración a las “drogas tóxicas o estupefacientes” (distinguiéndolas en el Código Penal de ese mismo año de las demás “sustancias nocivas a la salud o productos químicos que pudieran causar grandes estragos”) y equiparó a vendedores ilícitos y simples usuarios, castigando con severidad su simple posesión y empleo discrecional. Parco Pacatto: Tengo entendido que en la Rusia zarista el consumo de café estaba castigado con la amputación de una mano y sin embargo los rusos bebían litros y litros de cafeína, produciéndose numerosos casos de muertes por sobredosis. ¿Son peores los efectos de las drogas o los efectos de la prohibición? Juan Carlos Usó: Sí, la información es correcta, aunque me parece que los miembros que se amputaban a los cafetómanos eran las orejas. Por lo demás, conviene recordar que actualmente en países como China, Singapur, Tailandia y otros se siguen aplicando penas durísimas (que en algún caso alcanzan hasta la ejecución pública) para los acusados de tráfico y posesión de drogas, aunque no por ello han conseguido acabar con el comercio ni con el consumo. En realidad, cualquier observador imparcial convendrá en que históricamente las repercusiones sociales derivadas de la prohibición han sido infinitamente más dañinas que los efectos de las drogas. Esto ya pudo comprobarse sobradamente durante la implantación de la Ley Seca en EEUU (1920-1933). Inicialmente la lucha contra las drogas obedeció al intento de evitar un vicio, es decir, aquellos usos extraterapéuticos considerados socialmente indecentes; pero esa utopía de un mundo sin drogas no tardó en manifestarse como una quimera: pese a la prohibición y la represión, muchas personas preferían tomar drogas y otras estaban dispuestas a facilitárselas. Es más, la fascinación por el fruto prohibido incentivó el deseo, por no hablar de fenómenos como el de la adulteración, la saturación de las cárceles, la expansión de enfermedades como el sida y la hepatitis, etc. Podríamos decir que la prohibición fracasó en sus objetivos declarados desde su implantación. Por eso, mientras los grandes relatos a que apelar de forma conjunta en busca de soluciones sociales han ido desvaneciéndose y el estamento científico-terapéutico ha seguido detentando el monopolio para definir la naturaleza de sus relaciones con el resto de los ciudadanos, el vicio ha sido redefinido como enfermedad. No obstante, hace tiempo que el discurso prohibicionista evita mencionar la palabra de represión, incluso el eje mágico tratamiento-rehabilitación-reinserción es menos reivindicado que hace algunos años atrás. Ahora la idea central que se repite hasta la saciedad es la prevención, dejando pequeños resquicios a algunas iniciativas de reducción de riesgos y daños… a veces me pregunto si toda esa continua introducción de complicaciones terminológicas y sobrecarga de información conduce a alguna parte… en fin, cualquier cosa menos plantear seriamente revocar la prohibición, como se hizo en el caso del alcohol en EEUU, sin que eso ocasionara posteriormente ninguna calamidad irreparable. P.P.: ¿Quiénes son los principales beneficiarios de la prohibición? J.C. Usó: Bueno, en primer lugar están todos los que se lucran directamente con la producción y el tráfico, tanto al por mayor como a pequeña escala, y todos aquellos que se benefician indirectamente, por la vía del blanqueo de dinero y de la corrupción. Pero creo que quienes más se benefician de la prohibición son los gestores del miedo social, aquellos que buscan una rentabilidad más moral que económica. En fin, todo el entramado institucional creado a escala mundial para mantener la lucha contra las drogas. P.P.: El gobierno de los EE UU introdujo el crack y la heroína en los agitados y cada vez más politizados barrios afroamericanos con la intención de neutralizar cualquier tipo de actividad subversiva. También se piensa que algo de eso hubo en España cuando el caballo entró al galope destrozando la vida y las ilusiones de una juventud revoltosa que empezaba a moverse para cambiar las cosas. ¿Qué cierto hay de ello? ¿Existe una instrumentalización de las drogas por parte del poder? J.C. Usó: Pepe Ribas, director de la mítica revista Ajoblanco , ha afirmado en más de una ocasión que hubo un complot para acabar con el movimiento libertario que se había consolidado en Barcelona durante los 70, que se materializó con la infiltración de policías en los ateneos y el reparto heroína. El escritor Eduardo Haro Ibars denunció poco más o menos la misma situación en Madrid. Y en Euskadi hasta el propio gobierno vasco ha admitido la sospecha histórica de que la introducción de la heroína allí, entre finales de los 70 y principios de los 80, se realizó en connivencia con los cuerpos policiales. Con todo, la tendencia actual entre los especialistas es a creer que la epidemia de heroína que afectó a España durante los 80 y buena parte de los 90 no obedeció tanto a un complot o conspiración por parte el Estado, sino más bien la acomodación de poderosos agentes sociales a cambios estructurales determinantes durante una época crucial. P.P.: ¿Ein? J.C. Usó: Bueno, por un lado estaría ese intento desmedido de neutralizar el potencial revolucionario, o simplemente revoltoso, de la juventud más militante durante el período denominado de transición democrática. Pero también concurrieron otros factores coyunturales e incluso estructurales que deberíamos tener en cuenta. Por ejemplo, algunos datos sugieren que hacia finales de los 60 y principios de los 70 las mafias siciliana y corso-marsellesa contaron con una disposición poco hostil de las autoridades, concentradas como estaban en reprimir el hippismo y la psiquedelia, para hacer circular grandes cargamentos de heroína por España. Heroína que, tras la ilegalización del cultivo de adormidera en Turquía, comenzó a llegar procedente del sudeste asiático, en cantidades nunca vistas hasta ese momento. Luego habría que valorar el advenimiento de una nueva delincuencia basada en la decisión que tomaron muchos jóvenes —frente al ganarse la vida de sus padres— de buscarse la vida como fuera. Esta resolución, que incluía la comisión de delitos contra la propiedad (tirones, sustracciones de vehículos, robos en domicilios particulares, joyerías, farmacias…), se registró ANTES de que comenzaran a inyectarse heroína. Pero con la irrupción del caballo en sus vidas esta espiral delictiva se ampliaría con los atracos a bancos. Así, en 1984, cuando el uso de heroína ya estaba muy extendido, se llegaron a perpetrar 6.239 atracos a entidades bancarias, con un botín de 4.014 millones de pesetas, tantos como en todo el territorio de los EEUU. Hubo también una promoción indirecta de la heroína y de la vía intravenosa en determinados medios (recuerdo, por ejemplo, la portada tan espeluznante y atractiva de la novela autobiográfica Yonqui , de W. Burroughs, publicada por primera vez en España en 1976 o el LP Rock’n’Roll Animal , de Lou Reed, que se editó en 1977 con un anuncio en la cubierta destacando que se trataba de la “versión original íntegra incluyendo el tema Heroin”). Y el sentido epidémico fue imprudentemente promovido ANTES de que hubiera ninguna epidemia por la cobertura excesiva de algunos periódicos ávidos de sensacionalismo y especialmente por la Unión Española de Defensa contra la Droga, responsable de una campaña en 1978 bajo el slogan “La Droga Mata”. Tampoco podemos perder de vista que la escalada de la heroína fue beneficiosa para el consenso ideológico sellado en los denominados Pactos de la Moncloa (1977), por el que las fuerzas políticas y sociales decidieron apoyar un sistema de democracia parlamentaria, la integración en Europa y una redistribución de la renta mediante reforma —sin ruptura— de las estructuras capitalistas. En este sentido, el “problema de las drogas”, reconocido socialmente como tal a partir de la expansión de la heroína, se configuraría como un tópico institucionalmente seguro sobre el cual unificar voluntades políticas, favoreciendo la aceptación de una legislación más estricta, mayores gastos en fuerzas del orden y más protección paternalista. Por otra parte, no debemos olvidar que justo en esos mismos años se produjeron profundos ajustes de la economía española vía paro, lo que provocó una degradación del mercado de trabajo, que afectó a las condiciones de vida de la clase trabajadora y a sus expectativas de futuro. Los efectos del desempleo fueron paliados en gran medida por el surgimiento y crecimiento de una economía informal de considerables dimensiones, y no cabe ninguna duda que la heroína jugó un papel importante en esa economía sumergida. P.P.: Sabemos del uso táctico o funcional de drogas por parte de los ejércitos del mundo a lo largo de la historia. ¿Está documentado el consumo de estupefacientes entre el ejército y, sobre todo, la policía antidisturbios españoles? J.C. Usó: No sé nada del posible consumo de drogas entre las fuerzas antidisturbios de la policía española. Sin embargo, lo que resulta incuestionable es el papel desempeñado por el ejército español en la difusión del cannabis. Cabe decir, en este sentido, que el uso de kif, grifa y hachís estaba muy extendido entre los legionarios y demás cuerpos africanistas destacados en lo que fue la Zona de Protectorado español en Marruecos, entre 1912-1956. Durante la guerra civil llegaron a organizarse suministros regulares de kif y grifa desde los valles del Lukus y las serranías de Ketama hasta los frentes de batalla, con el conocimiento de la oficialidad de Intendencia, del Estado Mayor y hasta del Alto Mando. Tanto es así que, a juicio del escritor Fernando González, el cannabis fue —junto con el aguardiente a granel, cantinero, más conocido como saltaparapetos — “la mayor motivación espiritual” que impulsó al “Glorioso Alzamiento Nacional, al menos en las trincheras”. Porque, claro, estamos hablando de la facción del ejército sublevado, del que terminó ganando la contienda. Por eso, durante muchos años, los intransigentes moralistas del Régimen hicieron la vista gorda ante el consumo de derivados cannábicos que tenía lugar en ambientes más o menos marginales. P.P.: ¿Se vaciarían las cárceles con el levantamiento de la ‘prohibición’? J.C. Usó: No soy vidente. Lo único que puedo decirte es que en la actualidad un alto porcentaje de internos en las cárceles españolas (que algunos sitúan entre un 60% y un 70%) están presos por delitos relacionados directa o indirectamente con drogas prohibidas. P.P.: ¿En qué momento nace la figura del ‘yonki’ tal y como hoy lo conocemos y qué diferencia puede guardar con un opiómano o un morfinómano de principios del siglo pasado? J.C. Usó: El estereotipo del yonki comienza a desarrollarse con la prohibición en los años 20. Una década más tarde ese modelo de adicto-tipo ya aparece retratado en los reportajes de los medios de comunicación de la época tal y como lo conocemos actualmente: un rol social-individual completo, fuertemente ritualizado, donde lo de menos es consumir cierta sustancia y lo decisivo es obtener una coartada genérica contra la responsabilidad personal, un empleo del tiempo, un círculo de iguales y, en definitiva, un estatuto de víctima involuntaria. Hay que decir, sin embargo, que las autoridades gubernativas españolas autorizaron en 1935 un carnet de extradosis o dosis extraterapéutica para que aquellos adictos más contumaces o irreductibles pudieran seguir disponiendo de su dosis… un carnet que estuvo en vigor hasta 1968. Las diferencia básica de un adicto-tipo con un opiómano o morfinómano anterior a la prohibición es que éstos difícilmente se hubieran identificado con rol del yonki , ya que en su inmensa mayoría eran personas bien integradas socialmente y no estaban estigmatizadas. Antes de la prohibición no había drogas, sino fármacos. La adicción como tal no estaba definida. Se hablaba de hábito y, en todo caso, era considerado como un efecto secundario más, desde luego indeseado. En tiempos de Coleridge y De Quincey no se hablaba de síndrome de abstinencia, sino de “intensa añoranza”. Podríamos decir en este sentido que el yonki apareció en el momento en que la terminología clínica invadió el lenguaje de la poesía. Don Nadie: Al ciudadano occidental contemporáneo no le suele hacer mucha gracia los estados modificados de conciencia, y los tripis hace tiempo que dejaron de hacer reír a la juventud. ¿La lisergia no acompaña en estos tiempos? J.C. Usó: Por experiencia personal, te puedo decir que los 90 fueron años de una intensa actividad psiquedélica, propiciada en gran medida por la puesta en circulación y la aceptación masiva entre los jóvenes de lo que Escohotado define como psiquedélicos de “potencia leve o media” (MDMA, MDA, 2C-B). También ha jugado un papel decisivo en este sentido la facilidad de acceso a sustancias de “alta potencia”, como la psilocibina, gracias al auge que ha tomado el mercado fúngico y a partidas ocasionales de ácido de calidad, por no mencionar el boom del autocultivo de cannabis. Todo ello ha contribuido para que se produjera una especie de reverdecimiento de los anhelos de la psiquedelia adaptados al presente, que incluso cristalizó en eventos multitudinarios, como los Encuentros Psiquedélicos celebrados en enero de 1997 en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, donde se llegaron a reunir psiconautas de hasta tres generaciones. No sé, es posible que tras las conmociones del 11-S, la guerra de Iraq y 11-M se haya cortado un poco el rollo. Igual la suerte de la psiquedelia es cíclica y va por décadas, y ahora tocan años de penitencia, como los 80. D.N.: ¿Necesitamos menos psiquiatras y más chamanes? J.C. Usó: Buena pregunta. El papel de los chamanes en nuestra sociedad fue usurpado primero por los sacerdotes y más tarde por los psiquiatras. Sería injusto olvidar en este sentido que los principales difusores de la LSD entre los años 50 y 60, hasta su prohibición, fueron los psiquiatras. Creo que un retorno al chamanismo tradicional es algo difícilmente pensable. Pero asociado a esa reviviscencia de la psiquedelia registrada durante los 90 se ha llegado a hablar de neo-chamanismo, de chamanes urbanos, etc. Puede que no sea más que un camelo, pero hay personas en la sociedad occidental —precisamente algunas de ellas psiquiatras— que no son refractarias, sino todo lo contrario, a la incorporación de psiquedélicos —o enteógenos— y prácticas chamánicas adaptadas en terapias y experiencias de tipo místico-religioso. P.P.: Hay un episodio de Los Simpsons dedicado a la marihuana medicinal en el que el médico le va a recetar cannabis a Hommer para curarle una conjuntivitis o algo parecido. Entonces Homer dice sorprendido: “¿Marihuana? Pero, ¿no es eso una droga ilegal?”. A lo que el médico le responde: “Sólo para los que se divierten con ella”. La prohibición de las drogas ¿tiene algo que ver con la inhibición puritana del deseo, del placer, de lo dionisíaco? Es decir, por qué va a ser lícito utilizar una sustancia para sanarse e ilícito usar esa misma sustancia para divertirse. J.C. Usó: Sin duda tienes razón. Piensa que hay gente que cree firmemente que no hay mejores vías de superación espiritual que el sufrimiento y el dolor. Es lo que podríamos llamar la teoría del Valle de Lágrimas, según la cual cualquier vehículo de ebriedad que haga más llevadero el cáliz de la pasión será conceptuado como diabólico. Podríamos establecer un paralelismo con el sexo, pues todavía hay mucha gente que lo condena si no tiene como finalidad la procreación. Ahora hablamos de la prohibición de drogas, pero también podríamos sacar a colación la intensa cruzada contra el onanismo, alentada por la falsa idea de que el ejercicio del autoerotismo produce daños irremediables para la salud. El precursor, durante el s. XVIII, de la “locura onanista” fue el médico suizo Simon-André Tissot. Más tarde, en el siglo XIX el Dr. J. B. D. Demeaux, anatomista de la Facultad de Medicina de la Universidad de París y vicepresidente de la Sociedad Anatómica, propuso “sacar partido de la vergüenza y la timidez propias del onanista” mediante “inspecciones sorpresa a los jóvenes de 10 a 20 años de edad”, que se llevarían a cabo dos veces al año por parte de un “cuerpo nacional de inspectores de la masturbación adiestrados especialmente para este fin”, en defensa de la salud pública y aún de la raza. Y el Dr. Claude-François Lallemand —de quien se declaraba ferviente admirador el citado Demeaux— introdujo la circuncisión como remedio antimasturbatorio y sus tesis tuvieron gran éxito en Inglaterra y Estados Unidos, donde destacados médicos, como Benjamin Rush y Alexander Robertson, se sumaron a la lucha contra el hábito de la masturbación, al que el New Orleans Medical and Surgical Journal consideraba como el peor “elemento destructor de la sociedad civilizada”. También el director de La Salpetrière, doctor Etienne-Jean Georget, recomendó “rigurosa vigilancia en el tono más severo” cuando se advirtieran los primeros signos de onanismo en los niños. Significativamente, y más cercano en el espacio y el tiempo, Gabriel Arias Salgado, ministro de Información y Turismo entre 1951 y 1962, llegó a congratularse públicamente por “la cantidad de almas que hemos salvado”, gracias al descenso del número de masturbaciones en España, como consecuencia de “la bondad” de la censura franquista. Y tengo un libro en casa, que se tradujo y publicó en España en 1975 con el título El amor y el pecado en Europa y que dedica un subcapítulo entero al ipsismo (al que también se refiere en términos de onanismo, autoerotismo, quiroerastasia, vicio solitario y masturbación), para finalizar concluyendo que se trata de un “acto que no sólo perjudica a la psiquis del individuo, sino que llega a tener consecuencias nefastas sobre su salud corporal”. En fin, imagino que todas las personas que actualmente militan en el Opus Dei, Legionarios de Cristo y otros grupos ultracatólicos por el estilo deben profesar unas opiniones al respecto más o menos en esa misma línea. P.P.: Je, je, es muy interesante lo que cuentas de la cruzada anti-onanista, curiosamente también promovida por los estamentos religioso, científico y político, como en el caso de las drogas. ¿De dónde crees tú que proviene el espíritu censor en el ser humano? J.C. Usó: El escritor siciliano Leonardo Siascia decía sobre sus paisanos algo así como que no hay mayor placer para un siciliano que privar a otro de cualquier privilegio. Supongo que no es un rasgo exclusivo de los sicilianos. Intuyo que es un rasgo de la conducta humana que tiene que ver con el ejercicio de la autoridad, es decir, que básicamente se trata de una cuestión de poder. P.P: ¿Qué criterios se han utilizado para prohibir determinadas drogas o fármacos? J.C. Usó: El criterio es la supuesta defensa de la Salud Pública, pero existe una confusión al respecto, pues la gente suele identificar Salud Pública con la suma de la salud física de las personas, olvidando que dicho concepto se refiere más bien a la salud moral de los ciudadanos, en relación con lo que el Estado considera su propia seguridad. Para mantener la prohibición se invocan razones de Salud Pública, pero en el fondo a lo que se está apelando es a la Seguridad Nacional. Thomas Hobbes ya lo exponía en el prólogo a su Leviatán cuando identificaba la “salus populi” con la seguridad del Estado. P.P.: La prohibición demuestra que los ciudadanos seguimos tutelados por el Estado, nos encontramos, como decían los Ilustrados, en una minoría de edad permanente. ¿Tiene por eso algo que ver la lucha antiprohibicionista con la lucha por la autonomía y la liberación del ser humano? J.C. Usó: En parte sí, pero no todos los casos responden necesariamente a esas aspiraciones. Hay destacados antiprohibicionistas, los llamados neoliberales, que fundamentan sus discursos en razones y argumentos más bien de tipo económico… sin que eso quiera decir que se despreocupen de la autoemancipación del ser humano. P.P.: Será por eso por lo que la ‘cultura de las drogas’ ha estado ligada tradicionalmente a la izquierda política. Pero tú dices sin embargo que no es exclusiva de la izquierda. ¿Te refieres a que los fachas también se drogan? J.C. Usó: Claro que habrá miembros de Nuevas Generaciones y del PP que se pondrán hasta las cejas de cocaína, pero no, no me refiero a eso… Además, habría que empezar haciendo hacer una distinción necesaria entre el movimiento antiprohibicionista —si es que puede hablarse de tal movimiento— y lo que convencionalmente conocemos como la ‘cultura de las drogas’. Quiero decir que conozco a personas que defienden posturas antiprohibicionistas y ni siquiera fuman tabaco… y en el polo opuesto a personas que se ponen moradas de todo y, preguntadas en referéndum, votarían por no legalizar las drogas… Pero, esa no es la cuestión. Lo que yo he afirmado en más de una ocasión es que el antiprohibicionismo no es exclusivo de las izquierdas, como tampoco el discurso prohibicionista es patrimonio de la derecha. Verás, el primer texto antiprohibicionista del que tengo noticia data de 1917 y se debió a la pluma de Aleister Crowley, cuyas inquietudes personales se orientaron más hacia la magia y las ciencias ocultas que hacia el debate político e ideológico. Digamos que su personalidad estaba más allá de la pugna al uso entre izquierdas y derecha. Algunos antiprohibicionistas destacados durante los años 20, como Enrico Malatesta y Antonin Artaud, ciertamente se inscribirían en una tradición de las izquierdas, pero otros no. Por ejemplo, en España manifestaron públicamente su desacuerdo con las medidas tomadas contra la cocaína el periodista Carlos Esplá Rizo, que desde luego era un demócrata republicano, aunque difícilmente calificable de izquierdas, y el también periodista Joan Francesc Bosch i Pons, que ejerció como crítico de arte durante años sin problemas, incluso bajo el franquismo. También se mostró crítico en más de una ocasión con la prohibición de la marihuana Camilo J. Cela y no podemos decir que fuera alguien precisamente de izquierdas. Por lo demás, en países de régimen comunista, como Cuba, China o la extinta Unión Soviética, la persecución de las drogas ha sido todavía más severa que en los países capitalistas. Los ejemplos que pueden citarse son muchos… Milton Friedman, Thomas Szasz, Ethan Nadelman, el propio Escohotado, son voces muy cualificadas del antiprohibicionismo en su versión más contemporánea y no creo que ninguno de ellos responda a un perfil político de izquierdas. P.P.: Tal y como están las cosas, ¿estamos más cerca o más lejos del levantamiento de la prohibición? ¿Podremos los españoles fumar y pillar tranquilamente hachís en un coffee-shop como los holandeses, por ejemplo, o veremos cómo prohíben también el tabaco y las bebidas alcohólicas? J.C. Usó: No creo que estemos cerca del levantamiento de la prohibición, al menos en el sentido que a muchos nos gustaría ver, sino todo lo contrario. Ahí tienes como muestra la persecución a la que están siendo sometidos los fumadores de tabaco. Eso no quiere decir que no sea posible fumar tranquilamente cannabis en un espacio acotado. De hecho, actualmente hay asociaciones cannábicas repartidas por todo el Estado y en todas se puede fumar sin problemas. Quizá el modelo que pueda implantarse en España difiera un poco del modelo holandés basado en las coffee-shops y tenga que ver más con un modelo tipo club de catadores o usuarios. En cualquier caso, tal y como se demuestra en el caso del alcohol y del tabaco, todo apunta a un intento de reducir el consumo a espacios públicos muy limitados… es posible que de seguir esta tendencia el consumo de drogas ilegales llegue a homologarse con el del tabaco y el alcohol… aunque con el alcohol tengo mis dudas, pues no me imagino a la gente en cualquier festejo social brindando con naranjada. Aunque quizá lo más interesante en este aspecto sea constatar que actualmente la prohibición sólo existe sobre el papel, ya que en la práctica ha sido revocada por la vía de los hechos consumados. P.P.: Frente a la prohibición, ¿normalización o legalización? ¿En qué se diferencian? J.C. Usó: En el papel que desempeñaría la intervención del Estado. Si el Estado es el que prohibe ahora al ciudadano determinadas conductas privadas, y nos parece inadmisible, esa injerencia seguiría existiendo en el supuesto de que las autorizara y las regulara expresamente (legalización)… no así si se limitara a revocar la prohibición (normalización). En mi opinión se trata de una cuestión menor, más que nada terminológica, y a veces me ha dado la impresión de que no tiene otro sentido que enmarañar el debate y desviar el eje central de la cuestión. D.N.: ¿No está harto de que cada vez que se habla de drogas en la tele salga Antonio Escohotado inflado de paciencia frente a una señora gritona de ‘Madres contra la droga’? J.C. Usó: ¿Harto de tele? ¡Que va, hombre, si yo la veo menos que el fiscal Fungairiño! Por lo que respecta a la presencia de Antonio Escohotado en programas sobre drogas resulta evidente que es capaz de aguantar con sabiduría admirable y un estoicismo a prueba de bombas lo que le echen. No todos podríamos estar a su altura. Además, convendrás conmigo que sus intervenciones resultan más enriquecedoras que las de otros “fijos” en este tipo de debates televisados… piensa en el Dr. Cabrera o en el ex futbolista Julio Alberto. P.P.: ¿Qué o cuánto debería saber un adolescente sobre drogas? J.C. Usó: A mi me educaron en la idea de que “el saber no ocupa lugar”, pero desde entonces han cambiado tanto los planes de enseñanza que no sabría qué decirte. Desde luego, cualquier persona que esté decidida a tomar drogas, sea adolescente o no, debería saber qué se trae entre manos. Cuanto más informada esté mejor. Pero hablo de información contrastada y libre de prejuicios, no de esa mezcolanza de moralina, admoniciones, exageraciones, verdades a medias y embustes que nos suelen vender bajo la etiqueta de “prevención”.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

S'està connectant a %s