Vacances (i 3)

Em sembla increïble que ja hagi passat un mes i que se m’hagin acabat les vacances. El meu agitat agost m’ha passat volant, potser perquè m’ha tocat anar amunt i avall resolent temes familiars, però m’ha faltat aquella intensitat que et donen els llargs viatges i els canvis forts d’entorn. M’ha servit, això sí, per a descobrir un autor que no coneixia, el japonès Haruki Murakami, de qui he llegit el darrer llibre publicat aquí, Sauce ciego, mujer dormida. Alguns dels contes del llibre m’han semblat fascinants, com La tía pobre —que m’ha recordat molt Millàs, per aquesta situació entre màgica i absurda sobre la que gira la narració— o com Los gatos antropófagos. També em sorprèn i m’admira la seva capacitat de fer un conte a partir d’un fet nimi, d’una situació en la qual no passa absolutament res, com a Un día perfecto para los canguros. Em fa pensar en la pintura abstracta, perquè no hi ha una història —amb plantejament-nus-desenllaç—, sinó pinzellades de realitat que tenen color, volum, textura, però no una moralina, ni tan sols una interpretació d’aquesta realitat. No són contes rodons, sinó mapes oberts dels quals no es veuen els límits.

Molt interessant. Molt més que la Muriel Barbery, de qui llegeixo La elegancia del erizo. Però d’això ja en parlaré demà. Ara cal dormir, que demà he d’anar a treballar.

Vacances (2)

Em diu un amic músic que segurament jo expresso la meva sensibilitat escrivint, de la mateixa manera que ell ho fa component les seves cançons. Jo, en canvi, no estic molt segura que les meves paraules sàpiguen dir les meves emocions; més aviat em serveixen per sublimar els meus dimonis interiors: els dubtes angoixants, els desamors, aquella sensació recurrent de ser fora de lloc i d’anar contra el temps… Escriure és l’única forma que sé d’ordenar el meu pensament, d’arribar a entendre una mica el que m’emvolta i els qui m’envolten, tot i que m’adono que sovint, arrossegada per la necessitat de donar un ordre lògic a les meves frases, sóc incapaç de trobar les paraules que expressin totes les dimensions de la comprensió intuitiva i sensorial.

Em passa precisament amb la música, i de vegades també amb les obres plàstiques, que no sempre es deixen atrapar fàcilment en la xarxa de la racionalització. Escriure d’art, de qualsevol art, és con una mena de gimnasia: per arribar a expressar en paraules allò que sents cal entrenar-se cada dia, per copsar l’ànima de les obres creatives —però també la de les coses mundanes— cal arrancar-ne, tel a tel, la pell supèrflua, i per fer-ho cal esmolar cada dia les ungles de la sensibilitat i de la imaginació.

Diu Juan José Millàs, en la seva celebrada biografia de Catalina, la seva mosca del vinagre, que els gens —la majoria dels quals els humans compartim amb la humil mosca— li recorden les lletres de l’alfabet, perquè amb les mateixes lletres pots escriure el Quixot o una circular del Ministeri de l’Interior. La metàfora em sembla fascinadora. Tant com la idea que dues ratlles que se separen a penes un milímitre just després de creuar-se poden arribar a distanciar-se milers de quilòmetres si les allarguem prou. Ara sabem que les mosques i la majoria d’animals tenen una estructura genètica molt similar, però segurament en algun moment de la història les nostres línies de desenvolupament es van separar una mica —potser molt i molt menys d’una centèssima de milímetre— i això ens va fer tan diferents. O potser no ho som tant, de diferents.

Vacaciones (1)

El viernes empecé mis vacaciones y, aunque me había propuesto hacer cuando menos una entrada diaria, arranco tarde esta serie de reflexiones veraniegas. He estado entretenida montando un pequeño video casero sobre el western en el que participaron mis hijos en el club donde aprenden a montar a caballo, pero también disfrutando de la lectura pausada de novelas y periódicos, que es algo que durantge el curso no siempre puedo hacer con la asiduidad y la tranquilidad que quiero.

En esas lecturas me he encontrado con un par de artículos sobre un tema al que he estado dando bastantes vueltas en los últimos meses: mujeres y poder. Como recuerda Joana Bonet en La Vanguardia, el empeño de Rodríguez Zapatero por un gobierno paritario y la apuesta de Rajoy por la renovación del PP y su distanciamiento de etapas precedentes, han propiciado que las mujeres alcancen en nuestro país cuotas de poder político sin precedentes en nuestra historia. Más allá de nuestras fronteras, la confrontación Clinton-Obama por la candidatura demócrata a la presidencia de Estados Unidos ha favorecido también la reflexión sobre sexo y poder. Yo, como muchos otros, también me he preguntado hasta qué punto el sexo de Hillary determina formas concretas y quizás distintas de hacer política, y hasta qué punto eso podía influir (para bien o para mal) en su elección.

Al final, si el sexo de Hillary tuvo alguna influencia, está claro que fue más bien negativa, porque perdió su candidatura. Y no me atrevería a asegurar, aunque otros son menos prudentes que yo, que su condición de mujer tuviera nada que ver con sus prolongadas reticencias a admintir la derrota.

Yo estoy con Bonet cuando afirma que el juicio sobre la manera femenina de hacer las cosas “se ve oscurecida por un montón de estéreotipos”, tópicos que nublan con frecuencia el pensamiento. Yo diría, además, que esas diferencias, si existen, son irrelevantes en términos políticos y sociales. Estoy segura que las diferencias que marcan la singularidad de cada persona —su carácter fuerte o débil, su capacidad de diálogo, su formación, su inteligencia…— pueden llegar a ser mucho mayores que las similitudes o estilos tendenciales que puede marcar el pertenecer a uno u otro sexo.

En la alabanza de ciertas supuestas cualidades que adornan a la mitad de la Humanidad a la que pertenezco se esconde con frecuencia más paternalismo misógeno que sincera admiración por nuestros supuestos méritos ancestrales.

Más cierto es que, por educación y práctica social, unos suelen exceder en la ambición y empeño por el poder que a otras les (nos) falta. Nos queda mucho por avanzar en esta línea, porque estoy segura que, una vez alcanzada la equidad en el terreno de los derechos teóricos —situación de historia cortísima, porque como nos recuerda Bonet sólo hace 77 años que Clara Campoamor tuvo que batir la resistencia de los hombres progresistas del Congreso de los Diputados para lograr el voto para las mujeres—, ahora nos toca mover ficha a nosotras.

Hay que promover la afiliación de las mujeres a los partidos políticos y su participación activa en entidades sociales y representativas, porque sólo desde una participación paritaria en la base podrá alcanzarse en las cúpulas una paridad que sea, al mismo tiempo retrato de la realidad plural de los partidos y selección de sus mejores hombres y mujeres.

Pero este es el lado fácil de la igualdad (y no podemos desanimarnos por ese escaso 17,7% de mujeres parlamentarias en todo el mundo, que no deja de representar un avance). Donde creo que el tema se hace más complejo es en las cúpulas de las empresas. La maternidad y el networking —elemento clave de la gestión de una carrera profesional— casan mal, y aunque por ahí corren algunas superwomen que han logrado alcanzar notable éxito en compatibilizar vida familiar y éxito laboral, la mayoría sobrevivimos con un pie en cada mundo y con mucho working y poco net.

Esperemos que las nuevas generaciones de mujeres sigan avanzando por el camino que marcaron quienes nos precedieron.

Anuncios y despedidas

Titulas una entrada Garrapatas y aparece automáticamente un anuncio sobre trampas para plagas caseras, hablas de ONG y corres el riesgo de que aparezca en tu blog el adword de aquella organización de la nunca te harías socio porque no te merece ninguna confianza… Son las cosas de Internet.

Tenía abandonados mis Escrit(o)s, porque han ocupado mi tiempo las despedidas de algunos amigos (Pere Prat, Johnny Griffin) y las prisas y calores del cierre de curso, además de algún que otro accidente casero. También me dio trabajo una reflexión sobre una fuente destrozada por el vandalismo post-Eurocopa que se cebó en mi ciudad, como en otras de toda España, aunque el tema de fondo no era ese, sino la desmemoria de las urbes y sus gestores, y como la falta de compromiso con el patrimonio (no sólo con su higiene, sino también con su sentido, con su logos) puede llegar a ser tan destructivo como el pathos que arrastra a las personas ocultas en una masa y nubla su juicio social. ¡Ui, qué pedante me ha quedado!

El viernes empiezo mis vacaciones y tengo intención de frecuentaros más. Así que estad atentos.

Garrapatas

Esta mañana he encontrado detrás de la oreja de mi perro dos pequeñas garrapatas. Más allá del enorme asco que estos bichos me producen y de la molestia que le suponen a mi mascota, lo evoco por lo insólito del espectáculo, ya que he visto como uno de los insectos estiraba sus patas, casi siempre invisibles, como en un extraño gesto de distensión, mientras permanecía agarrada con sus mandíbulas a la carne del can.

No me preguntéis por qué, pero no he podido evitar pensar que la infrecuente imagen que me ofrecía ese parásito era como una metáfora de la crónica del congreso del PP que acababa de leer. Aunque no sé si el extermio radical con el que me he apresurado a proceder por el bien de mi mascota sea acaso comparable a la renovación de la ejecutiva que ha llevado a cabo Rajoy. Pero lo cierto es que yo, que jamás votaré al Partido Popular, porque sus bases ideológicas y sus propuestas son la antítesis de mi concepción de un Estado y de una sociedad progresista y moderna, justa e igualitaria, he sentido estos días una inevitable solidaridad con el líder popular y, lo reconozco, un enorme alivio al ver que perdían cuota de poder en el partido conservador los aznaristas y el propio presidente de honor de esta formación política.

Y, sí, lo confieso, me resisto a nombrar a ese tipo con bigotito que se las da de gran estadista pero se dedica a maniobrar sin dar la cara, a socavar las opciones que él no quería que sus sucesores asumieran, pero sin lograr, por otro lado, construir una alternativa. Me resisto a dar una razón más a los buscadores informáticos para encontrarle y elevar en la red una relevancia de su nombre que sus ideas no merecen. Acabé asqueada de ocho años de “conmigo o contra mí” y os propongo eso: un pacto de silencio para no nombrarle nunca más, ni siquiera para criticarle; un pacto para situarle a él a la altura de la irrelevancia de su inicuo pensamiento. Será éste un pacto que hará innecesario el “¿Por qué no te callas?”, porque le cubriremos de silencio hasta hacerle desaparecer. ¿Qué os parece?

Aunque me temo que un entomólogo me diría que para exterminar a las garrapatas hay que usar métodos más contundentes que silenciar su nombre.