Una luz difusa

Volaba sobre la cumbre del Illimani, allá en los Andes bolivianos, cuando, al abrir un periódico local (“Fondo Negro”, el suplemento cultural de La Prensa de Cochabamba), me encontré con una fotografía del blog de Arcadi Espada, laureado periodista y escritor de Barcelona y antiguo jefe mío, cuando mi nombre aún figuraba en la mancheta de un periódico. Tengo que confesar que sentí envidia (en nuestro irreprimible impulso de periodistas-escritores-escribidores hay, reconozcámoslo, una igualmente irreprimible voluntad de posteridad) y recordé esta página abandonada en el insondable universo de la red.

Volvía decidida a dedicarle un tiempo justo a estos escritos (el de esos fogonazos de clarividencia que a veces me asaltan al anochecer), pero hete aquí que la enfermedad me atrapó desprevenida y me arrojó, cual deshecho intelectual y físico, en la cama de un hospital por más de diez días. El dolor. El dolor físico es una araña. La bestia te va envolviendo poco a poco, hilo a hilo, hasta dejarte totalmente paralizado. No sabes cuán grave es, ni sabes cuánto va a durar, pero sabes con toda certeza que no hay nada más, que todo tu cuerpo y todo tu cerebro están ocupados en la dura tarea de resistirlo. Cuando traspasas ese límite, el dolor ya no es “me duele…” eso o aquello, no tiene lugar, está en todas partes, porque es como un líquido espeso que te ha inundado la mente, te nubla la vista, te enreda las palabras y el pensamiento.

Allí, tumbada en la camilla de urgencias, me dio por pensar que sería incapaz de soportar la tortura. Que el dolor podía derrotarme más allá de mis más hondas convicciones, más allá de dioses, filias y sueños. Pero debía ser la fiebre. Al despertar, tras la primera noche, también pensé en la muerte, con el absurdo sentimiento de que me quedaba mucho por hacer y que quizás ya no tuviera tiempo. Añoranzas de cuerpos terrenales y celestes. La culpa y el deseo, todo mezclado. Pero, con seguridad, era aún la fiebre. Y me dediqué a leer, por ver si las palabras podían hacer por mi cerebro lo que los antibióticos hacían con mis pulmones: acabar con las bacterias de clase desconocida y efectos imprevisibles. Pero leer es simpre más una infección que un remedio.

Releí viejos conocidos y extraños cuentos de Hawthorne en curiosas traducciones al catalán de principios del siglo XX (una lengua que, sonando prácticamente igual que ahora, se escribía de un modo totalmente distinto). Encerrada en un hospital, todo mi cuerpo plegado a los efectos de la docena de píldoras con que desayunaba, almorzaba y cenaba, me reía del miedo a la ciencia y al cientifismo que tenía la sociedad decimonónica para la que escribió el autor norteamericano. Sus químicos son alquimistas (“La hija de Rapaccinni”, “La mancha de nacimiento”), capaces de “pervertir” el recto proceder de la Naturaleza con sus experimentos; sus sabios (“La gran Cara de Piedra”) son hombres que jamás se han “instruido” en escuelas y universidades y que extraen toda su extraordinaria sabiduría de la observación y de una vida armónica con el entorno, rural por supuesto; sus artistas (“Los retratos proféticos”) tienen tal capacidad de ahondar en la personalidad de sus modelos que son capaces de pintar sus terrores futuros. Quizás lo único válido aún sea la idea del amor como un veneno (“La hija de Rapaccinni”), al que uno se va acostumbrando poco a poco, en pequeñas dosis, hasta que llega el día en que la mano amiga que nos da el antídoto (¿la verdad? ¿alguna certeza?) se convierte en nuestra asesina. Una bella parábola llena de perfumes seductores y ponzoñosos.

Y también leí a Conrad, a France, a Rosales, a Carpentier, a Hemingway, a Lessing… libros sobre el islam y sobre periodismo… (¡Tres semanas de reposo dan mucho de si!). Pero entre todos me quedo con El espejo del mar, de Joseph Conrad. Posiblemente porque más que descubrirnos “el alma de las cosas”, como le pide Milan Kundera (El telón) a toda buena novela, en este libro Conrad escribe sobre el alma de las cosas. Sus barcos están vivos, los vientos son poderosos señores a los que parece haber tratado personalmente y sus hombres son grandiosos en sus miserias y profundamente humanos en sus siempre ambiguas heroicidades. Pero, sobre todo, Conrad usa cada palabra para decir justamente algo que otras palabras distintas no podrían expresar. Las cosas tienen un nombre concreto y preciso, un nombre que les da identidad y las dignifica. Una dignidad que radica en esa vida propia que les da su nombre. Un palo es cualquier palo, pero el palo de mesana tiene un sitio concreto en el universo, tiene sentido, porque detrás de su nombre está toda la técnica que nos lleva desde las balsas de troncos atados precariamente hasta los grandes veleros con toda su arboladura tendida al viento. Detrás de ese nombre están Ulises y el capitán Cook, el capitán Ahab y John Silver, Cristóbal Colón y Magallanes. Todas las cosas tienen su nombre justo, una palabra que nos dice cómo son ellas y cómo las vemos, cómo es quien las mira y les habla. Nombrarlas es entrar en contacto con ellas, y por eso hay que tener mucho cuidado, no fuéramos a convertirlas en lo que no son e iniciar con ellas un diálogo fallido desde el principio.

Me irrita, lo confieso, cuando veo “pervertir” el sentido de las palabras. Ayer, por ejemplo, vi en la televisión llamar “kale borroka” a los desmanes y destrozos callejeros organizados por un heterogéneo grupo de gamberros en las fiestas de Gracia de Barcelona. Al periodista le debió parecer gracioso o quizás más exactamente gráfico. Eso es, la grafía de los hechos es parecida; al fin y al cabo, un contenedor ardiendo y un semáforo arrancado y usado como ariete contra un escaparate producen imágenes similares sobre la plantalla, sea cual sea la causa de fondo. Pero al periodista debería importarle un poco más si esas son las palabras que le permiten “dialogar” con los hechos y entenderlos. ¿Porque su intención es entenderlos, no? Debería serlo. Entenderlos y explicarlos, y hacerlo con las palabras justas, porque las realidades demasiado planas, aquellas que pueden explicarse con sólo tres palabras (“yo lo he visto”, “¡uy, qué grande!” “¿ya me toca?”) son rematadamente aburridas. En el hospital, el vecino de cama de mi padre cambió de canal. Yo, esta mañana, he pasado de largo el artículo editorial que llamaba “talibanes” a los gamberros. Me lo pedía la dignidad de las mujeres que fueron lapidadas por ese bárbaro régimen, de los que fueron ejecutados o encarcelados por no querer llevar barba o por pensar distinto. Todo el mobiliario urbano de Barcelona no vale la trivialización de tanta sangre derramada.

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